
En una playa de Mileto, donde sopla la brisa salada del Mediterráneo, un grupo de personas se reúne en círculo y se arrodilla. Más fuerte que el estruendo de las olas que se rompen con aspereza, resuena el llanto contenido que estalla de hombres robustos. En medio de ellos está un apóstol anciano: manos endurecidas por un largo itinerario misionero y un manto gastado sobre los hombros. Ante la solemne declaración de que ya no volverán a ver su rostro, los ancianos de Éfeso se aferran a su cuello y lloran como niños. El apóstol Pablo, que voluntariamente dirige sus pasos hacia Jerusalén, donde le esperan cadenas y tribulaciones. Su figura alejándose es una de las escenas de despedida más sublimes y desgarradoras de la historia cristiana, y a la vez un escenario vivo de meditación bíblica que muestra qué es la entrega absoluta al evangelio. David Jang, a través de este majestuoso testimonio de Hechos 20, vuelve a presentar a quienes vivimos en tiempos confusos el camino perdido de la fe auténtica y el espíritu de la cruz.
La confesión del apóstol ahogada por el rumor de las olas, y el paso que no se detiene
El recorrido misionero de Pablo nunca fue un camino brillante de gloria que recibiera aplausos. Incluso cuando, en Tróade, al predicar hasta altas horas de la noche, ocurrió el asombroso milagro de que un joven llamado Eutico cayera desde la ventana, muriera y volviera a la vida, Pablo no se dejó llevar por un alivio meramente humano ni se embriagó de orgullo. Él simplemente daba testimonio, en silencio y con firmeza, de que Dios está vivo. Más aún: hizo que su comitiva se embarcara primero, y él mismo decidió caminar solo hasta Asos, más de 40 kilómetros. En esos pasos solitarios se escondía una lucha espiritual intensa: el anhelo ardiente de escuchar únicamente la voz apacible del Señor.
El hecho de que se apresurara para guardar la fiesta de Pentecostés en Jerusalén no era un simple cumplimiento de la Ley, sino que brotaba de su deseo, por encima de todo, de unirse a la comunidad por la que fluye la historia redentora de Dios. David Jang descubre, en esta determinación de Pablo, un discernimiento teológico genuino: obedecer de inmediato no a la conveniencia humana ni a la comodidad, sino únicamente a la guía del Espíritu Santo. La confesión pesada del apóstol —caminar el camino de la cruz sin tener su vida como cosa preciosa— atraviesa con agudeza la superficialidad de nuestra fe actual y nos llama a un arrepentimiento profundo.
Lágrimas que soportan el peso de la gloria: donde se cruzan la verdad y el amor
El núcleo del último testamento que el apóstol Pablo dejó a los ancianos de Éfeso fue precisamente la “humildad” y las “lágrimas”. C.S. Lewis, uno de los grandes apologistas y escritores cristianos del siglo XX, en su clásica conferencia El peso de la gloria (The Weight of Glory), insistió en que los vecinos que rozamos cada día y que parecen extremadamente comunes son, en realidad, seres destinados a revestirse de una “gloria eterna” tan deslumbrante que hoy nos costaría soportarla. Las lágrimas que Pablo derramó en Éfeso durante tres años, sin cesar de noche y de día por cada persona, eran precisamente ese líquido sagrado que solo puede derramar quien ha comprendido plenamente el peso de la gloria santa del alma.
Como David Jang señala con profundidad, el amor indiscriminado sin verdad tiende a degradarse en sentimentalismo barato, y la verdad a la que se le evapora el amor se convierte en la fría espada del legalismo que hiere las almas. Pablo, aun en medio de persecuciones incesantes y de las intrigas mortales de los judíos, se revistió de la humildad de Cristo, quien se entregó hasta el final en la cruz, y se dolió sin descanso para conducir una sola alma hacia la gloria eterna. Esas lágrimas —que no se amparan en una autoridad absoluta, sino que abrazan a los creyentes con compasión y amor— son la lluvia de gracia más poderosa capaz de volver a humedecer y restaurar el corazón reseco de la iglesia de hoy.
Derramarlo todo sobre el altar del santo llamamiento
La mirada de Pablo no se queda en el recuento de su pasado ministerial, sino que se dirige hacia la feroz batalla espiritual que se avecina sobre el futuro de la iglesia. En un tiempo amenazado por lobos feroces que acechan al rebaño y por palabras torcidas que buscan deformar la verdad, él afirma a los ancianos como “supervisores” de la iglesia, comprada a precio de la sangre del Señor. La iglesia no se sostiene como una organización por un liderazgo humano brillante o por programas espectacularmente planificados. Solo el Señor y la palabra de su gracia pueden resguardar firmemente a la comunidad de ideologías heréticas y de la división.
La entrega radical de Pablo —que trabajó con sus propias manos, haciendo tiendas, y sirvió de manera autosostenida— fue una huella inmensa: una vida que vigiló con rigor la avaricia y encarnó, en la realidad concreta, la verdad absoluta del evangelio: “más bienaventurado es dar que recibir”. David Jang, a través de este pasaje, proclama con fuerza que la iglesia contemporánea debe ir contra el materialismo y los valores del mundo y volver únicamente a la Palabra de vida y a la rodilla doblada en oración. El líder espiritual no es quien domina sobre el rebaño, sino quien, desde el lugar más bajo, los abraza y llora noche y día: un centinela espiritual entregado.
Nuestra respuesta de hoy al evangelio eterno
La despedida dolorosa en la playa de Mileto no fue, en absoluto, un final triste, sino el gran comienzo de unos nuevos Hechos. La figura de Pablo, atado por el Espíritu y caminando en silencio el camino de la misión aunque le esperen cadenas y tribulaciones, provoca ondas profundas en nuestra alma, sedienta de una entrega auténtica y de un evangelio lleno de vida. Como concluye David Jang, el libro de los Hechos no es un volumen cerrado que termina en el capítulo 28, sino una historia abierta que nosotros, quienes vivimos llevando el evangelio de la cruz, debemos seguir escribiendo cada día con nuestra vida. Cuando cada uno de nosotros recupere, en el lugar de su llamamiento, ese amor de lágrimas y esa fe inquebrantable que Pablo mostró, entonces la iglesia se levantará de nuevo como la verdadera esperanza del mundo.